La semilla de La sonrisa etrusca por José Luis Sampedro
¿Qué me impulsó a escribir La sonrisa etrusca?
Sin duda mi nieto. Lo digo siempre: ese libro no lo escribí yo, fue mi
nieto quien, desde su cuna, me lo iba dictando al oído. Mi pluma sólo
fue un instrumento a su servicio.
Por haberlo contado en numerosas ocasiones, no podré evitar ser reiterativo, pero ya que me lo preguntan, espero no defraudar.
Me hallaba de visita en casa de mi hija
en Estrasburgo, una de esas nobles capitales humanistas. Desde mi
cuarto, veía el edificio neoclásico de la Universidad, coronado por las
estatuas de sus maestros: Lessing, Herder, Schleiermacher y, entre
ellas, la de Goethe.
Una noche el sonido de un gemido me despertó y me hizo acudir a la
alcobita del niño. La nevada caída durante el día reflejaba el
resplandor lunar y el de las farolas callejeras derramando por el
ventanal una líquida claridad mágica. Me acerqué a la cuna. Todo era
silencio. ¿Habría yo soñado aquel gemido? Ya iba a retirarme cuando el
niño me retuvo abriendo sus ojos, redondos y misteriosos como pozos
oscuros. Le cogí en brazos y envolví nuestros cuerpos en una manta,
acunándole suavemente. Pero tardó en dormirse y, al paso de los minutos,
iba el niño pesando en mis brazos, entrándose en ellos y haciéndome
suyo al hacerse mío. Eso fue todo: evadirme con él del reloj y de los
mapas, contemplar su carita aún no surcada por los afanes y los días,
respirar su olor lácteo y frutal, acoger la elástica firmeza del
cuerpecito, flotar juntos en la noche transfigurada. Eso fue todo. Y ese
«todo», un milagro.
Aquella noche tuve suerte. La vida me dio
clarividencia y el niño se me hizo futuro germinando en mis brazos,
dispuesto a colmarse de gentes y experiencias, pasiones y secretos. Me
vi ya muerto, pero recordado en él. Me deleité en ser viejo porque así
paladeaba mejor aquel instante inmortal. Me hice simple cuna de su puro
existir, sentí como carne mía la suya en mis braos. Éxtasis del monje a
quien se le fueron cien años escuchando un momento al ruiseñor.
Al día siguiente, rota la magia, la vida
volvió a ser trivial, pero la semilla estaba echada y no tardó en
germinar: afloró la idea de un cuento. Pero como la ocasión no llegó
hasta el verano de 1983, para entonces ya había crecido hasta ser una
novela.
Ya sólo me faltaba acertar con el
lenguaje exigido por esa historia de milagros cotidianos. El más
sencillo, es decir, el más difícil. Lo intenté varias veces hasta que el
1 de noviembre de 1983, a mi habitual hora de la madrugada, al releer
los primeros folios, creí lograrlo. Lo demás fue artesanía que concluí
al final del verano. El resultado: una novela humilde donde importa la
ternura, la comprensión de la vida a través del soplo vital de un nieto.
La sonrisa etrusca, por el símbolo de las terracotas etruscas en cuya sonrisa resplandece la vital sabiduría de la carne.
No Response to "La abuelidad"
Leave A Reply
Gracias,
Ma. Ofelia