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agosto 25, 2008

40 días y 40 noches...

Posted on 14:37 by María Ofelia ZP

En memoria de "ESE QUE ME DIÓ LA VIDA..."




Cuánto vive el hombre, por fin?
Vive mil días o uno solo?
Una semana o varios siglos?
Por cuánto tiempo muere el hombre?
Qué quiere decir “Para siempre”?
Pablo Neruda...


El pasado sábado 23 de agosto nos reunimos con amigos y familia en una misa en nombre de mi papi al cumplirse los primeros 40 días desde su muerte... Fue una noche llena de sentimiento y recuerdos.

Al compás de cantos preparados especialmente para esa misa y entonados por el “súper coro” formado por Charlie, Robert, la Katia E., y Brenda, y guiados por las palabras del libro de la Sabiduría (3,1-9); El salmo 114 (que cantamos todos juntos) y la lectura que nos cuenta sobre la muerte de Lázaro Juan 11, 31-45, reflexionamos junto a nuestro amigo Toño (el cura) sobre la vida y la muerte y sobre la resurrección... un mensaje hermoso y lleno de esperanza.

Para mí personalmente era muy increíble pensar en que fueran 40 días –solamente- los que habían pasado desde aquel domingo de julio. Tal vez sea porque después de todo, fue la vida entera la que se transformó de una que conocí desde siempre hasta ese día cuando el tiempo se detuvo y el mundo empezó a girar de una forma en la que aún hoy me es difícil entender sentirme “normal”.

En los últimos meses, cuando mi papi estaba ya enfermo tenía la mente fija en sus recuerdos y hablaba constantemente de sus amigos y sus anécdotas. Un día mientras conversábamos pensé de repente que la memoria de mi papi guardaba recuerdos tan bonitos que merecían la pena "contarse" aun y cuando él ya no estuviera... En ese entonces no habría podido imaginar de ninguna manera que “el que él ya no estuviera” iba a llegar tan pronto y que las cosas que empecé a escribir ese mismo día en un cuaderno iban a servirme para escribir esto en su nombre...

A 40 días con sus noches desde que mi papi se fue... al cielo

El Salvador era en la primera mitad del siglo pasado un país donde –si bien había los pobres de siempre y los ricos de entonces – la oportunidad de tener un encuentro cercano y verdadero entre unos y otros era: POSIBLE. Eso no consta en ningún libro sobre la historia de El Salvador. Eso es lo que me hacen pensar las cosas que mi papi nos contaba respecto a la gente que lo rodeaba y el mundo en que transcurrió buena parte de su vida.
Mi papá se llamaba Julio César Zúniga Cortez. “Don Julio” era como le llamaba la mayoría de personas y "El Tío" como le llamaba el resto... Nació en el seno de una familia de “la clase trabajadora” en el año 1921. Hijo de María Ofelia Zúniga García y Genaro Cortez. Creció viendo cambiar a El Salvador y el mundo de esa forma en la que el siglo XX lo logró en tan sólo 100 años.


Fueron tantas las cosas nuevas que llegaron o llegaron y se transformaron que seguro no es tarea fácil decidir algún día cuál es para uno el mejor invento, pero sin embargo, mi papi lo tenía ¡Muy Claro! Y lo decía con mucha frecuencia, casi con la misma con la que nos veía marcar un número y llamar a quien sea que esté en cualquier sitio. Para mi papi, el mejor invento del siglo XX fue: El teléfono celular. «Puta, es que ustedes no saben lo que costaba antes comunicarse. Después llegó “el teléfono de pita” (el fijo), pero francamente ese aparato con el que se puede andar por todos lados y siempre puede llamar hasta a otros países del mundo... puuuuta, eso sí que es increíble... bien 'deaverga’» decía.

Qué suerte la de mi papi que el tiempo y la edad no acabaron con su capacidad para admirar al mundo y con él a la gente. Ese es un don que sin duda le ayudó a ser siempre un hombre al que las virtudes de los demás nunca le hicieron sentir menos. Él se sabía uno más, sin que por eso dejara de saber también que era único, como únicos son todos y únicas somos todas.

En los primeros días del pasado junio, amigos y amigas vinieron a nuestra casa de visita para verle después de que salió del hospital a finales de mayo, había varias personas y por tanto luego de un rato se partieron las conversaciones en dos grupos, uno de "adultos mayores" y otra donde estábamos "los adultos menores" -¡de 35 claro!- Y allí hablando de cosas como que “él era muy fuerte y valiente”, etc., etc., en medio de mucha charla, panecillos y litros y más litros de café" con mi hermana empezamos a contar “pasaditas” de esas que hemos escuchado de mi papi desde que las dos tenemos memoria. Algunas escandalosas como la siguiente:

“Un día andando de cacería, mientras caminaba en la típica ‘fila india’ de los cazadores él vio que en la punta de un árbol muy alto algo se movía y pensó que era una paloma, apuntó con el fúsil, disparó... y nada. «Bueno... fallé», pensó. Pero al continuar la marcha junto al grupo, de repente se escuchó un ruido muy fuerte, algo muy grande y pesado había caído al suelo todos, como lo decía él haciendo uso de los recursos que nos proporciona el hablado ‘en buen salvadoreño'“: salieron hechos un pedo" pensando que algún animal les estaba atacando... pero cuando vieron que nada les seguía y que ya no había más ruido decidieron volver “a la escena del crimen” y encontraron que la bala impactó a una gran “Mona-mamá” que había caído muerta con un monito bebé agarrado de su cuello... no sabían qué hacer y el monito no se dejaba tocar. Entonces llamaron a mi hermano Mario que entonces era un niño y cuando se acercó el monito inmediatamente le dio los brazos al chico y se lo tuvieron que llevar a la casa como mascota debido a que le habían matado a su mamá”...

Como digo, cosas ¡muy escandalosas! Por las cuales mi hermana y yo nunca podíamos dejar de reclamar y hablar de los "derechos de los animales" y le cuestionábamos diciendo ¿y no te da pena contar eso? Y él, irremediablemente al escucharnos se partía de risa mientras nos explicaba que ese fue un accidente, pero que de todos modos “de eso precisamente se trataba ir de cacería”... mmm ¡Basta!

Pero bueno, otras historias tenían mejor cara y mejor final. Algunas de ellas fueron incluso vividas junto a gente con cuyos nombres ahora conocemos calles, edificios, hospitales, parques, teatros, reservas naturales que mi papi conoció de primera mano -como digo- en esos que ahora llamamos “los tiempos de antes”.

En esa época, países como El Salvador se movían de una manera que permitía por ejemplo que en un billar del centro de San Salvador un partido de póquer se jugara igual entre los chicos del barrio como entre el mismísimo presidente de la República y los trabajadores de una fábrica. La gente podía ir a tomarse unos tragos con los amigos de toda la vida como –en un día de suerte- con los mismísimos “Panchos” el famoso trío de México como le sucedió un día a mi papi que se los encontró en el restaurante de su amigo Chepe Versalles en el barrio San Esteban y allí cenó con ellos, se pusieron borrachos y terminaron cantando boleros a capela en una noche, yo imagino, de esas memorables e inolvidables...

Mi papá a pesar de sus canas y sus ochenta y tantos años jamás perdió la capacidad de asombro. Así, a menudo se sorprendía leyendo el diario, algún libro, un almanaque, una enciclopedia (sus preferidas) o viendo algún programa de la tele sobre las formas de vida de los animales o de esos que cuentan avances –normalmente tecnológicos – ya que la humanidad como tal suele ir más despacio y los programas de “cómo ahora los seres somos cada vez mejores personas” son más escasos…

“El Duc”
era un billar de unos palestinos en el que él era “el encargado”. Quedaba allí por donde ahora está la Iglesia del Sagrado Corazón en el Centro. A la vuelta estaba el primer “campus” de la Universidad de El Salvador y por tanto ese era el lugar de recreo en el que entre clase y clase llegaban los estudiantes de entonces a pasar el tiempo. A muchos de lo esos estudiantes ahora les recordamos como aquellos “eternos e inolvidables intelectuales de los que -hoy por hoy- no hay”. Allí se congregaba el pueblo y los oligarcas, los intelectuales y los analfabetos, un dueño de finca como un mozo, contaba mi papi.

Allí conoció al “pobrecito poeta” Roque Dalton, quien estudiaba en "la U" y llegaba con los compañeros al billar pero nunca jugaba. «No le gustaba y por eso pasábamos horas y horas platicando» decía mi papi. Así se hicieron amigos... «era bien buena gente, muy tranquilo y muy inteligente, fue una lástima que lo mataran» se lamentaba. En el mismo grupo de amigos estaba Shafick Handal, y otro montón de esos que ahora son políticos -de uno y otro bando- o dueños de bancos. Como digo, los honrados y los ladrones todos se juntaban en el mismo lugar...

Eran otros tiempos... definitivamente eran tal vez los últimos tiempos antes de que a mediados de siglo como apunta E. Galeano “el desarrollo empezara a desarrollar las desigualdades” y éstas llegasen a ser tales que en la actualidad parten el mundo en un vergonzoso Norte y Sur donde los habitantes de cada uno no se tocan y la brecha creciente entre ricos y pobres llega a niveles insospechados.

En aquellos tiempos, cuando mi papá era joven había separación y injusticias (como siempre las ha habido) pero sin embargo éstas –aunque no de buena gana- eran de alguna manera admitidas, de muchas maneras denunciadas, y tanto por unos como por otros conocidas. Al contrario de lo que sucede en la actualidad, donde la separación ha permitido que para poner sólo un ejemplo, en un país de tan sólo 21,000 Km cuadrados y 6 millones de habitantes (de acuerdo al último censo de población...) existan 2 mundos muy marcados y como si fueran pequeñas lunitas alrededor varios submundos. Todos imposibles de tocarse entre sí. En el presente en El Salvador hay injusticias, pero se niegan rotundamente, porque ellas se consideran la causa de “las malas decisiones de las personas... Los pobres son pobres por haraganes, por mantenidos, por ser 'poco creativos' para salir de su situación”.

Pues en “esos tiempos” mi papi le ganó jugando al billar a quién quizo, y llegó a jugar tan bien que la única vez en que se fue del país lo hizo a Guatemala "siguiendo un amor” y allá al no encontrar qué otra cosa hacer para vivir se puso a jugar apostando dinero, llegó a tener público y lo retaban “los buenos” de ese lugar, pero como nunca encontró quién le pudiera ganar a los tres meses se aburrió del asunto, el amor salió por una ventana y se regresó a El Salvador con la determinación de que nunca jamás iba a volver a irse de estas tierras. Y así lo hizo. Por eso cuando yo me fui él simplemente no podía entender que yo quisiera vivir en otro lugar.

Ya de vuelta en el país también jugaba, daba clases a cualquiera que se lo pidiera -hace unos meses incluso a mi hermana, que según él tiene estilo y parece haber heredado de “el don”-. Entre sus alumnos “ilustres” podemos mencionar a don Walter Deninger y a don Benjamín Bloom ellos claro está, aprendían en sus casas y mesas de billar particulares, pero eso sí, las clases las habían venido a solicitar por su propio pie en tiempos donde al parecer “los ricos hacían sus propios mandados”.

Hace unos años, paseando con un amigo, mi papi saludó a una persona “muy conocida en este país” con la que se habían conocido hace muchos años, los dos se emocionaron y conversaron un largo rato... cuando se quedaron solos el amigo le preguntó ¿por qué él no sacaba provecho de la gente que conocía? Y mi papá simplemente le contestó que él no tenía amigos para aprovecharse de ellos, que nunca supo si eran pobres o eran ricos y que eso tampoco le importaba... a mi papá le habría dado vergûenza saberse aprovechándose de alguien algún día...

Sin ser un hombre que buscaba tener una vida llena de aventuras vivió cual participante de uno de esos programas de “Survivor” pero sus historias, contadas por él nunca sonaron pretenciosas, más bien sonaban igual a como cuando yo cuento que «anoche hablé por teléfono 1 hora con Robert» o que «un día de estos me fui a comer pizza con mis sobrinos, mi amigo Charlie y mi mamá» Quienes las escuchamos tantas veces somos quienes nos sorprendíamos al pensar en tantas cosas vividas y por eso, esa tarde de sábado sin darnos cuenta se nos fueron pasando las horas, gastando risas, tomándonos todo el café que nos fue posible mientras las tostadas a la francesa salían como por arte de magia de la cocina sin parar, hasta que al final de la tarde quedaba nada más una pregunta, casi obligada en el aire:
¿Y nosotros, qué cosas vamos a contar cuando pasen los años?

Claro, como alrededor de esa mesa habíamos sólo gente que no pasaba de los 35 -enmarcado aquello en la eterna soberbia que caracteriza a los años donde uno cree que será “eternamente ¿joven?” - mirar hacia el 87 se nos hizo muy lejos, así como que “hay tiempo suficiente para vivir...”

Sin embargo al final concluimos que para -un día ponernos a recordar y más aún: a contar- lo importantes no serán tal vez los acontecimientos sino al menos "vivir para contar" sabiendo que no importan los detalles, lo que importa es la intensidad y más aún, tener con quiénes compartir cada día, todos los días.

Hoy se vive pero a la vez, sin que ese sea necesariamente el fin, también se construye eso que vamos a recordar mañana y quizá, como Lima Quintana -el poeta argentino muy bien decía:
“no existen finales, solamente relevos...”

¿Cuánto le cabe a una sola vida?
Tal vez tan sólo aquello que nos atrevemos a vivir...

Al poco de aquella tarde de junio Don Julio, el tío... nuestro amado papá murió. Tenía 87 años. Los últimos los pasó en una silla de ruedas luego de que una úlcera diabética con la que batalló por años le ganó la partida y hubo que cortar una pierna. No fue fácil ni la vida ni la decisiones que se tomaron en este tiempo, pero él se portó valiente como pocos.

De sus ochenta y siete años, sesenta y nueve los vivió en el siglo pasado. En su “larga, pero buena y bonita, muy bonita vida” como la llamó el día 15 de mayo de este año en su cumpleaños, fue testigo de cómo el siglo XX hacía parecer que la tierra había empezado a girar más deprisa… Vivió varias revoluciones y hasta una guerra mundial. Nunca se apasionó ni con la política ni con la religión, pero siempre tuvo sus puntos de vista bien claros al respecto. En las próximas elecciones quería votar por "Mauricio" porque "el otro" no le convencía... Sobre Dios, pues era creyente pero no muy practicante, eso sí fue devoto, muy devoto de María.

De niño vivió el paso de las largas caminatas para llegar a cualquier sitio y la carreta halada por bueyes a los primeros automóviles. Vio llegar por primera vez el ferrocarril a su ciudad natal (Ahuachapán) y conoció la televisión en sus primeras versiones. Fue a la escuela un par de años y como la mayoría de niños de su lugar, la dejó un día para siempre y puso a trabajar como un adulto “para poder convertirse en un hombre”.

En el siglo XX el avance de las comunicaciones y los medios de transporte cambiaron el mundo para siempre. Tal vez después de todo mi papi tenía un poco de razón cuando admiraba tanto ese aparatito móvil que tantas cosas posibilita…

Los "Willys Jeep" esos maravillosos clásicos de los años 50, le gustaban tanto... tal vez casi tanto como mi mamá... (ojo mami que dije "casi") llegó a tener 5 de una sola vez y eso le valió por mucho tiempo el mote de “el señor del Jeep”. Fue en ellos donde mis hermanos y yo aprendimos a manejar siendo aún muy pequeños. A mí me llevaba cuando tenía 10 años a practicar a un campo de fútbol y me ponía “a meter goles con el carro”. Los pintaba él mismo y le quedaban tan bonitos que a menudo cuando salía por allí y les dejaba parqueados solía encontrar notas diciendo “lo compro”, incluso una vez un gringo le dijo “se lo compro al precio que sea”. Claro que nunca quiso vender... eran como unos hijos...

Pero al paso de los años sí se deshizo de ellos. Se los vendió a un amigo suyo –don Oscar Allen- quien trabajaba para la empresa del ferrocarril. Al final se quedó sólo con uno. Todavía lo tenemos pero está esperando a que un día alguno de nosotros se anime hacerle los arreglos necesarios y lo saque del lugar donde permanece dormido... Los otros terminaron convertidos en “tren-bala”, esos chiquitos que sirven para dar mantenimiento a la línea férrea y que pasan a menudo, al menos por estos rumbos, antes de que el tren grande haga su recorrido -¡qué pena!.

Mi papi disfrutaba de los paseos al aire libre, la cacería le gustaba más por andar caminando por los bosques que por los animales que pudiera cazar... Le gustaba el color verde y admiraba mucho la naturaleza, especialmente esa que nadie sembró sino que se fue haciendo solita año con año a través del tiempo. Sin embargo respecto a pasear por el bosque se puede decir que le pasaba igual que a mi respecto a viajar, porque a él le daban mucho miedo las culebras y a mi me marea subirme en cualquier medio de transporte por mucho tiempo... como diría mi amiga Ma. José, eso es literalmente: “ir de culo y contra el viento”, aunque no se pueda evitar...

Los perros y el cine fueron dos grandes pasiones. Los primeros eran parte de la vida de cada día como comer o respirar... "una casa sin perro no es casa". A lo largo de nuestra vida juntos hemos tendo muchos, siendo los grandes amores Wiskie, el Oso, Bull, y claro, nuestro actual perro que todavía le echa de menos... Roco. Al cine lo conoció cuando las películas eran aquellas del cine mudo. Con el tío Genarito - su hermano mayor - vio en los años 30 las películas de Carlos Gardel cuando eran de estreno... Juntos aprendieron a bailar en una academia los bailes de salón como el maravilloso TANGO, el precioso vals y muchos otros que le valieron para que en las fiestas, en lugar de solicitar un cupo en "el carné de baile" de las señoritas - según la costumbre de entonces- fueran ellas quienes solicitaran bailar con él... Ya mayor todavía bailaba y si hay un recuerdo hermoso que guardo de él en mi niñez es haberle visto bailando tango...

Por alguna razón que ni él se explicaba sus padres lo mandaron a la escuela (a diferencia de lo que sucedió con su hermano mayor y su hermana menor) y aunque estudió sólo hasta segundo grado eso le valió para ser el único integrante de aquella familia que aprendió a leer y a escribir. Aunque no tuvo mayor formación académica, mi papi fue más profesional que muchos que ahora cuelgan títulos en las paredes de sus casas, despachos o consultorios privados. Tenía mucha pasión y respeto por lo que hacía. Fue un hombre cuya palabra valía más que cualquier papel firmado. Como digo, aprendió a trabajar desde que era un niño y desde entonces lo hizo como los mejores, con la dedicación de quienes aman el esfuerzo como único medio para ganarse el pan y vivir con dignidad. Fue un hombre de honor para quien su familia, esa en la que he tenido la dicha de crecer, fue el mejor regalo de toda su vida.

A sus hijos e hijas nos educó como la mayoría de los padres de nuestra generación: con amor y rigor... Un día hablando con una amiga (europea ella) sobre la violencia y esas cosas concluimos que nuestros respectivos padres habían errado en ese punto recurriendo a los golpes como medio para educar, sin embargo diferimos en cuanto a que ella dice que a su padre no puede perdonarle muchas cosas y a mí me es simplemente imposible guardarle rencor, tal vez por tener absolutamente ligados aquellos “métodos” con la educación y a pesar de que creo y espero haber hecho ya mi debido proceso para entender que no son los correctos.


Sin embargo, hay que reconocer que aunque se lucha con ganas, a la vida uno le va entregando las armas de a poquito. Mi papá tenía carácter y mucho genio, sin embargo al volverse grande poco a poco se fue rindiendo a algunas luchas... al menos eso es lo que yo vi a medida que mi papá se hacía viejito y yo me volvía una mujer adulta.

Como ya he contado, cuando nosotros nacimos él pasaba de los 50 años. La brecha generacional pesa, pero con esfuerzo, amor y voluntad se puede... nosotros pudimos.

En 87 años mi papá vivió 7 años en Ahuachapán en una familia con mamá, papá y 2 hermanos. Casi 10 en Santa Ana con el intermedio de cuando se fue a Guatemala y todo lo demás en San Salvador. A los 8, huérfano de padre se mudó por primera vez de ciudad a una que quedaba como a 40 kilómetros de aquella que le vio nacer. El hermano mayor murió a la edad de 19 años, y al poco tiempo sucedió la próxima mudanza de la familia ahora a la capital y al barrio y la casa en la que él, mi papi, viviría por los siguientes 40 años de su vida. En ese tiempo se enamoró algunas veces, procreó 2 hijos, se separó de la madre asumiendo él la custodia de los niños y se dedicó entre muchas otras cosas a cosechar una “tanatada” de amigos y amigas.

En el juego de billar fue un campeón sin rival pero un día después de haber jugado unas 20 horas seguidas sin parar, ni comer, ni despegarse ni un solo momento de la mesa... decidió que “eso era todo”. Colgó el taco de billar y dijo a sus amigos: «no vuelvo a jugar» Y ante la incredulidad de todos incluso de sus mismos contrincantes se fue. Claro que nadie le creyó, muchos llegaron incluso a apostar que pronto volvería. Pero nunca volvió.

Como él mismo decía, para entonces ya había comprado el primer fusil y fue así que adoptó la cacería como pasatiempo, fundó un taller de enderezado y pintura que fue su medio de vida por más de 30 años y que hasta el día de hoy (aunque está en manos de mi hermano) se conoce como "el taller de Don Julio", ese fue como poco su mayor vanidad, fuera de sus hijos e hijas por quienes sin ninguna duda habría podido dar la vida si se la hubieran pedido y de quienes nunca se cansaba de decir lo muy orgulloso que se sentía.

Cuando pasaron los años, ya contando con 51 inició la etapa en la que ya mi mamá fue su compañera hasta el final de sus días y juntos formaron "nuestra familia".
Amó a todos sus hijos y se empeñó en mostrarles el mundo donde los chicos “aprenden a ser hombres”, pero con sus hijas perdió la razón para siempre y en una edad que a muchos y muchas les sirve como indicador de que es tiempo de desacelerar y de empezar a cerrar caminos, volverse padre de nuevo, con la agravante de serlo ahora de “dos lindas niñas” (jeje) a él lo metió de nuevo en carril de alta velocidad de la vida y en lugar de buscar qué hacer con su tiempo libre, construyó la casa donde crecimos con sus propias manos, se dedicó por completo a vivir para su familia, se preocupó por vernos crecer, educarnos y ponerse a la altura de una mujer 30 años menor con la que la vida le contaba el cuento de “que nunca es tarde para comenzar de nuevo”. Por eso, tal vez, tan sólo por eso, se empeñó en seguir viviendo por muchos años más, cosa que para nuestra fortuna logró cumplir con creces.

En sus últimos años se aficionó a las películas en DVD y gracias a “la facilidad” con la que se consigue casi cualquier película por estos rumbos y a la generosidad de algunos amigos pudo volver a ver muchas de todas aquellas películas que ahora conocemos como clásicos, y así entre “Casa Blanca”, “El Padrino”, “Rocky en todas partes”, “Al Este del Paraíso”, “Lo que el viento se llevó”, “El Gigante”, “Gilda”, “Ben Hur”, “Quo Vadis”, y muchísimas más, pasaba los días, hablando de cosas como que «Clark Gable ya usaba dientes postizos cuando hizo Lo que el Viento se Llevó», que «James Dime se murió bien jovencito pero que con unos añitos bastó para que todo llevase su nombre: Las camisas, las gorras, las bebidas...”.

Al Pacino, Charltón Heston, Elizabeth Taylor, Kirk Douglas, Marlon Brando, etc., todos juntos formaban algo así como un grupo de viejos amigos cuyas películas tenía el mismo efecto de una cajita por donde se pudiese echar un vistazo al pasado...

Pero también le gustaba del cine nuevo, especialmente de algunos actores a los que consideraba muy buenos como Brad Pitt -en algunas películas- mismo del cual yo pienso que “está muy bueno en cualquiera” jeje. “Leyendas de pasión” era una que podría ver cualquier día. “Gilda” era su preferida de las antiguas pero la mejor de todas en definitiva y sin discusión, “la película perfecta” y que por si fuera poco tuvo por protagonista a una de las «más bellas mujeres que han nacido sobre esta tierra» -según él- esa era tal como siempre lo decía: “Pertty Woman” misma que en los últimos meses veía todos los días, algunos hasta varias veces en el mismo día, y eso sí, invariablemente, en cada ocasión al terminar la película, cuando “Richard Gere” sube por las escaleras, le da las flores a “Vivian” y se besan, soltaba un suspiro de esos que salen del corazón… del alma.

Mi papi era un hombre tierno y además, aunque no lo parecía, también fue un romántico perdido de esos que cuando quieren a alguien sólo sabían hacerlo de una manera: sin límites.

Mis hermanos y yo crecimos viéndolo llevar flores y serenatas a mi mamá, a veces sólo porque sí y otras “porque algo había hecho” ¡Já!... Él era una persona a la que vernos contentos le hacía feliz. Hace unos meses, un día después de trabajar llegué a la casa y lo encontré con la sonrisa de quién algo sabe y lo quiere decir... me llamó con un gesto de complicidad y hablando bajito, como en secreto, cual padre hablando a su niña de 5 años me dijo: «mira lo que te tengo», abrió la gaveta de su escritorio y había allí varias bolsitas de churros (de esos de los de la DIANA) con su característico olor y sabor a infancia. Me dio tanta ternura que le di le di las gracias con mucha emoción y me senté a comerme uno a su lado...

Al igual que mi mamá y muchos otros en su tiempo, mi papi se puso zapatos hasta cuando tuvo su propio dinero para comprarlos. Por ello, un día siendo muy pequeñito (meque, travieso y andarín), se metió en medio de un cafetal y se quemó los pies con la ceniza de una fogata que había quedado luego de las últimas “cortas de café”. Con la quemadura se le deformó un pié y por varios años estuvo postrado en una cama sin poder caminar. Eran los años 20 del siglo 1900 y el médico que lo atendía al ver la pobreza a cuestas de mi abuela, analfabeta, viuda y sin muchos recursos le sugirió que «mejor lo dejara morir», pero por fortuna lo que en recursos y formación mi abuela no tenía, en fuerzas y coraje le sobraba y con la sabiduría de su amor de madre y el carácter típico de las mujeres de nuestra familia mandó al médico “muchísimo a la mierda” y con sus propios medios “y remedios” sanó las quemaduras de su hijo, lo hizo caminar de nuevo y logró formar al hombre que luego fue “mi padre”.

Ochenta años después, aquí la nieta de aquella mujer cuyo nombre completo —incluso hasta el primer apellido— llevo como herencia, agradece públicamente esa garra y esas fuerzas a mi abuela por haber hecho posible la hermosa vida de mi papi y para nosotros, sus hijos e hijas nada más y nada menos que la existencia...

Mi papá no fue alguien de cuya vida se vayan a escribir libros pero yo he querido –a manera de homenaje- trazar en estas líneas un breve recorrido por su larga historia y con ello compartirles Lo muy orgullosa que estoy del hombre que fue Lo muy feliz que me hace que él haya sido mi padre y no otra persona y Lo mucho que me alegra saber que tuvo una vida intensa y feliz.

En la mañana del día de su funeral uno de sus amigos de casi toda la vida, don Ricardo Parada, de pie junto al féretro tenía la mirada como perdida en la memoria, me le acerqué y le dije algo así como «a ver si alguno de nosotros logra vivir al menos la mitad de todo lo que él vivió don Ricardo» y él me contestó algo que alegró mi corazón: «lo dudo hija, porque te puedo asegurar que si alguien vivió... si alguien vivió intensamente ese fue Julio»

Como digo, eso alegró mucho mi corazón porque sólo eso se puede sentir cuando uno ama a alguien y esa persona se marcha pero habiéndose bebido la vida con la pasión y el entusiasmo con el que él vivió.

Al igual que mi papi, la mayoría de nosotros también somos “la gente del siglo pasado", con alguna diferencia en los años que acumulamos en el siglo XX y los que alcancemos a vivir en este XI. En nuestro haber particular tenemos ya la propia colección de recuerdos vividos y por delante las opciones que al elegirlas darán vida a eso nuevo que un día tal vez se convertirán en nuestras historias para contar...

¿Cuánto le cabe a una vida?
Tal vez tan sólo aquello que elegimos
Tan sólo eso que nos atrevemos a vivir...


TRANSFERENCIA
Por Hamlet Lima Quintana
Después de todo la muerte es una gran farsante
La muerte miente cuando anuncia que se robará la vida como si pudiera cortar la primavera. Porque al fin de cuentas, la muerte sólo puede robarnos el tiempo,
las oportunidades de sonreír, de comer una manzana, de decir algún discurso,
de pisar el suelo que se ama, de encender el amor de cada día.
De dar la mano, de tocar la guitarra, de transitar la esperanza.
Solo nos cambia los espacios.
Los lugares donde extender el cuerpo, bailar bajo la luna o cruzar a nado un rió,
habitar una cama, llegar a otra vereda, sentarse en una rama,
o descolgarse cantando de todas las ventanas.
Eso puede hacer la muerte. ¿Pero robar la vida?...
Robar la vida no puede.
No puede concretar esa farsa…
porque la vida…
la vida es una antorcha que va de mano en mano,
de hombre en hombre, de semilla en semilla,
una transferencia que no tiene regreso,
un infinito viaje hacia el futuro,
como una luz que aparta irremediablemente las tinieblas.


Querido Papi:

El día de la misa de los 40 días, Toño "el padre bonito" como tú le llamabas, nos hacía la pregunta ¿y a nosotros qué nos dice la muerte de Don Julio? Y yo pensé en ese momento que tu muerte me invitaba a vivir... Por eso hoy tomo la antorcha que va de mano en mano. Ahora me hago responsable de la semilla en esta transferencia sin regreso y me hago la otra pregunta, la que aún no tiene respuesta: ¿Qué cosas quiero contar cuando pasen los años?

Sé que soy responsable de mi vida y de todo eso que vivo hoy y que tal vez será digno de recordarse mañana… Más allá de la aventura, de los viajes y de lo que pueda o no hacer… quisiera ser capaz de vivir con el amor y la pasión por compañía. Te confieso que a veces tengo miedo de perder el entusiasmo y el rumbo y de dejar de creer “en la utopía”. Como bien lo sabías papi, para mí el mundo es un lugar donde sólo vale la pena vivir si uno tiene en qué creer, por qué luchar y mucha gente a la cual querer y que nos quieran… pero a veces es muy difícil y me lleno de miedo… pero vuelve el día, se van las sombras y vuelvo a creer… así como tú creías siempre en mi a pesar de todo.

Por eso ahora mismo, cuando escribo esto, me duele saber que nunca volverás a mimarme como lo hiciste toda la vida, o a consolarme como aquella vez cuando llorando por haber terminado con ese novio unos meses después “del viaje de mis sueños” me acerqué a tu cama y te dije que «se terminó la relación» me miraste con la ternura con que sólo puede mirar un padre y me dijiste «ay hija, eso no se terminó ahora… se terminó en el mismo momento en que te subiste a ese avión y te viniste…» Aunque no estuve de acuerdo y no me gustó lo que decías ¡Quizá tenías razón... cuántas cosas tengo aún que aprender!

Sé que no fue fácil ser mi padre. Sé que un día algo sucedió y empezamos a alejarnos. Tal vez sea que crecí, o quizá te fuiste haciendo mayor a medida que yo iba eligiendo caminos y empezando mis propias luchas. En ese tiempo hablábamos poco, por eso me sorprendía tanto cuando algún día me preguntabas por cosas que a mí me pasaban pero que yo nunca te conté... al final nada más concluyo aceptando que me sacabas 50,000 vueltas en lo que a vivir respecta y por eso, aunque respetabas mi silencio, siempre sabías estar cerca y atento por si acaso te necesitaba.

Sé que sufriste mucho cuando me fui a vivir a Perú y que contabas los días hacia atrás en el calendario hasta mi regreso… pero también sé que entendías que yo soy así… que esa es mi forma de vivir, que tengo mucha curiosidad por ver el mundo, que tengo una búsqueda interminable y que nunca me voy a quedar quieta –al menos por mi propia voluntad- hasta el día en que me muera… Así lo aceptaste y así me querías. La hija rebelde, la idealista, la defensora de las causas imposibles y de alegatos inflexibles, la que no heredó tu don para el baile pero tal vez si tu forma de amar sin reservas... la vaga, la brava, la rezongona, la contestona, la muchas veces hasta muy malcriada por la que, aceptémoslo viejito, te volviste loco desde el día en que nací…

Lo malo es que yo lo sabía, por eso me aproveché tantas veces para sacarte algún permiso o para que me defendieras de “mi estricta mamá” en ese tiempo cuando la adolescencia me puso a competir con ella en autoridad... quién iba a decirlo, cuando niña siempre te vi como un papá muy juguetón pero que cuando te enojabas “ardía Troya” y al ir creciendo en muchas cosas eras “el alcahuete”, tal vez es que en los muchos años vividos ya estabas inmunizado contra las conductas escandalosas de la juventud y por eso nunca te molestaron ni mi manía de hablar horas y horas por teléfono con la Michele, ni mis súper mini faldas, ni mis múltiples cambios de corte de cabello a lo roquera, porque “siempre me veías bonita”...

Y ahora te fuiste papi. Y tu ausencia es fuerte y dolorosa. ¡Todos la sentimos, hasta Roco!. Todos estamos intentando aprender cómo es este nuevo tiempo donde tu existencia descansa en nuestra memoria. Mi mami, la Patty y Elmer sufren pero cada uno a su manera, ya sabes que no somos muy dados a los dramas en esta familia… sin embargo te aseguro que vamos caminando y queremos dejar de sufrir y entender que tú ya estás descansando y que serías muy feliz si nos ves a nosotros vivir y recordarte con alegría. Pero bueno, eso será con el tiempo por ahora tengo que admitir que en casa hay un gran vacío y que todos te extrañamos mucho…

Pero hay cosas buenas que también están pasando… por ejemplo por fin empecé ese trabajo que estaba esperando y aún mejor, Elmer se va a casar en diciembre con Luisa… ¡al fin!.

El día de tu entierro, nuestra familia adoptada “Las Avendaño” nos llamaron para que en lugar de ir directo a la casa fuésemos a la suya a comer algo… ese día mi mami nos contó cómo fue que ustedes dos se enamoraron… quién te iba a decir que después de transitar largo por la vida y por el empedrado camino del amor, esa muchachita de 22 años te iba a mostrar los motivos por los que uno se queda junto a otra persona para siempre. No lo vamos a negar Don Julio: Tuviste mucha suerte... Pero también fuiste valiente y en premio a tu valentía la vida te premió con una valiosa mujer que fue tu compañera hasta el final de tus días y con una familia.

Aunque los últimos años fueron duros, tu manera de vivir fue un ejemplo de fortaleza, honestidad, lucha y perseverancia. De ti aprendí que los mejores tiempos de la vida "son los presentes" y que aunque hay cosas hermosas que recordar lo más importante es el día a día. Tus memorias nos cuentan que "visite en grande papi" y eso es nuestra mayor herencia... Tu gran amor permanecerá en nuestras almas para siempre. Creo que le cumplimos a la vida. Nos quisimos. Fuimos buenos compañeros de ruta. Fuimos una familia. Al final de tu vida se nos concedió el regalo de estar juntos, acompañarte y cuidarte. Por mi parte papi, creo que estamos en paz.

Con todo mi amor Papito…
Para siempre, tu hija,

La niña, la Marillita

PD- Y como un recuerdo suyo, aquí, el vídeo de “la mejor película de todos los tiempos”


1 Response to "40 días y 40 noches..."

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Anónimo Says....

Que bonito es vivir, con la entereza que vivio Don Julio, porque para mi las memorias y los recuerdos es una herencia que nunca termina. porque el dinero algun dia se termina pero la mente guarda en el baul de los recuerdos vicencias que jamas se pueden borrar, y sobre todo con toda la pasion que el la vivio,esos tiempos que aunque dificiles pero libre de todo peligro por lo que atrevezamos todos en estos dias.

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Gracias,
Ma. Ofelia

Nos enchufamos, gracias!


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